Llegamos de noche. La oscuridad absoluta del desierto
se lo tragaba todo, pero al día siguiente el amanecer nos
trajo una visión que hasta entonces sólo habíamos
podido ver por televisión. El enorme terreno baldío,
inerte, seco, muerto, albergaba miles de jaimas, tantas que la
vista no alcanzaba.
Un mundo ajeno al resto de la humanidad que no conoce
su historia o que simplemente la ha olvidado. Un mundo vivo en
el yermo pedregal desértico en el que desde hace 30 años
están condenados a vivir, a sobrevivir. Pero el saharaui
es un pueblo fuerte y digno, sobre todo digno. Un pueblo que sabe
que la razón está de su lado y que tiene la clara
convicción, algo principal a la hora de conseguir algo,
de que tarde o temprano volverán a casa.
En esos días que compartimos con ellos nos
hicieron conocer su historia, pero también su humanidad,
su sinceridad, su generosidad. Nos abrieron sus casas, su alma...
Allí quedaron, allí volveremos a verles. Ojalá
que las visitas pronto sean a sus casas de verdad, en el Sahara
Occidental.
Redacción y Fotografía Raquel
González