logo cadencialatina

Hastiado

Buscador
vuelve inicio
semana anterior
botón galería
botón servicios
botón foro
botón contactos
botón quienes somos
botón salvapantallas
botón suscripción
botón fotoreportajes
botón destacados
botón links
botón buscadores
Apinsa
Foincan7 S.L.
Hastiado

Se despierta y se masturba. Se levanta aún somnoliento y busca un tabaco. No hay, así que coge la primera colilla que pilla a mano y se la fuma. Se dirige a la cocina a ver que puede comer. No hay nada. Enciende el televisor e investiga en cada uno de los canales. Absorto, ve un programa cualquiera hasta que reacciona y conecta su consola de juegos. Así pasa el tiempo hasta que el móvil comienza a sonar. Pierde la partida y contesta. Son sus padres. Estos se interesan por el estado de su hijo, si come bien, si estudia, si hace frío, etc. A todo responde que bien, que fenomenal, no hay ningún problema por el que preocuparse. Continúa hablando mientras que los platos sucios que inundan la cocina siguen pudriéndose. Continúa hablando mientras la comida brilla por su ausencia. Continúa hablando mientras los papeles de fumar vuelan con la corriente proveniente de una ventana abierta. Continúa hablando mientras las botellas de cerveza y ron desprenden un amargo olor. Al colgar, habiendo asegurado a sus padres un mayor esfuerzo en los estudios, vuelve a comenzar una nueva partida en su consola de juegos.

Esta aburrido y apaga de una vez la consola a mitad de partida. Ahora tiene hambre de verdad. Vuelve a la cocina a inspeccionar. No hay nada, solo consigue llevarse a la boca un trozo de pan duro con mantequilla, cosa que le hace realmente sentir mal. Pone música y comienza a vestirse. Ya está preparado, pero antes de salir se prepara una pipa de hachis, le da unas chupadas, tose fuertemente y después de recuperarse apaga el radiocasete. Coge su mochila vacía, se la enfunda a su espalda y sale de casa cerrando con llave. Todo queda vacío y muerto.

Baja por Montera, por donde únicamente puede ver putas baratas y salas de juegos llenas de máquinas tragaperras utilizadas por viejos persistentes que ya en esta vida nada mejor tienen que hacer. Todo un caos, gente que viene y va. El reloj humano, las 16:45 horas, es el profeta. Un personaje en sandalias, con estola y unos escritos compuestos por oraciones que lee a gritos por todo Madrid. Pide gracias a Dios y a la Virgen María no se sabe muy bien porqué. Reza por todos nosotros pecadores... AMEN.

Llega al portal de puertas abiertas de sus amigos. Llama al ascensor y mientras espera mira hacia fuera. Ve como llegan dos monjas y antes de que puedan entrar son interrumpidas por una indigente rumana que les intenta vender La Farola . Se niegan a comprarlo, por lo que la pobre chica ya solo les pide aunque solo sea veinticinco pesetas para comer. Las monjas, muy amables, siguen negándose y pasan al interior del portal preguntándose para que querría veinticinco pesetas esa chica. Antes de que terminen su interesante charla, se topan con él y le dedican una tierna sonrisa acompañada de un dulce “buenos días” . Él responde de la misma manera y les sujeta la puerta del ascensor mientras recogen el correo. Una vez dentro le preguntan a que piso va y más tarde si es hijo de Pedro Hidalgo. Él les dice que no, que solo se dirige a la buhardilla a visitar a unos amigos que viven allí. Las monjas llegan a su piso y se despiden cordialmente diciéndole que estudie mucho, pues le han visto con la mochila. Él sonríe y nada más cerrarse la puerta les dedica un grosero gesto acompañado de un ridículo baile.

Una vez en casa de sus amigos, los saluda y pasa directamente al grano. Una invitación a comer. No hay problema alguno, son sus amigos y él es bien recibido. Comienzan a charlar mientras cocinan (espaguetis para variar) y él lía uno de sus porros. La conversación gira en torno a la falta de dinero y los gastos que suponen esos vicios que cada uno tiene y tan difícilmente, por no decir impensables, son de abandonar.

Ya han comido. Los platos aún se hayan en la mesa. Silencio ante el majestuoso televisor. Un porro apagado por uno de ellos. Sigue el silencio. ¿Qué hacer? Se preguntan. Piensan en ir a tomar unas cañas. Él decide no ir a clase y le pide un préstamo a uno de ellos para así poder acompañarlos. Apagan la tele y ponen música. Vamos ya – dice él, pero aún tienen que vestirse ya que todavía están en pijama. Ya vamos – le contestan, pero solo atienden a la música. Vista la situación saca su piedra y se lía un nuevo porro. Un día más, como otro cualquiera. El tiempo corre, vuela, pero para ellos es solo una cuestión que se les plantea una ves pasado. Demasiado tarde.

Por Isaco

ir a Dalí
nuestros servicios
Google
© 2004. Cadencialatina.
PLza. Lavapiés 6,28012,Madrid