| El próximo 2 de marzo se inaugurará
en la sala IguapopGallery de Barcelona la exposición “El
tercer ojo de Francesc Fàbregas”, del artista del mismo
nombre. Desde el mismo día 2 a las 20 horas hasta el 1 de abril,
el público asistente podrá disfrutar de la obra de Francesc.
Hay personas que nos enseñan a leer, Maestros que guían
nuestra mano para que podamos escribir. Hay personas que nos ayudan
a contar las cosas y que comparan las magnitudes para saber qué
es grande y qué es pequeño. Y finalmente hay gente,
más bien poca, que nos enseña a mirar.
Francesc Fàbregas es uno de estos pedagogos de la mirada.
Y éste es un trabajo difícil, porque tenemos la tendencia
espontánea de ver sin mirar. Vamos demasiado aprisa, y esto
nos empaña la visión. El mundo siempre tiene cosas
que decirnos, pero hace falta una profundidad de espíritu
para saberlo entender. Subimos a un tren de alta velocidad y nos
ponemos junto a la ventana. Pasarán por nuestros ojos paisajes,
manchas de colores, palos eléctricos... quizás algún
rebaño asustado o las manos de unos niños que saludan
el paso del convoy. Todo nos quedará como una tela embadurnada.
No habrá habido tiempo para imprimir todo lo que hemos visto
en la pantalla cóncava del interior del cerebro.
En cambio, dejamos el tren y vamos andando. Parémonos en
una calle desierta y silenciosa o en una plaza de verano abrumada
por el sol del mediodía. Allá donde parece que no
pasa nada, de pronto empezarán a pasar cosas. Quizás
saldrá un gato de una gatera, quizás se sentirá
una radio lejana, quizás las sábanas tendidas en los
balcones se hincharán como las velas de un barco. Finalmente
aparecerá la silueta humana que nos mirará con ilusión
o con desconfianza. Una cosa es evidente: si nosotros nos movemos,
el mundo se para; pero si nosotros nos paramos, el mundo se nos
aparece con sus mejores galas. Sólo hace falta entonces,
como hiciera el patriarca Josué, hacer que se pare el planeta
para percibir lentamente aquel momento irrepetible.
Francesc Fàbregas es descendiente directo del pintor de
Altamira, un artista que nunca se conformó con la reproducción
plana y bidimensional de aquello que veía. Aprovechar los
volúmenes irregulares de la roca para destacar los músculos
del bisonte no es demasiado diferente de la visión estereoscópica
que Fàbregas nos ofrece en esta exposición. Los separan
decenas de miles de años, pero ambos tienen en común
la voluntad de cazar el tiempo como contribución humilde
a aquello que los místicos denominan “la eternidad”.
De pronto nos damos cuenta de que un par de generaciones han aprendido
a mirar gracias a la maestría de Fàbregas. Tanto desde
el programa “Sputnik”, que nos ayudó a sentir
un atractivo por la televisión comparable al de los monos
de Kubrick ante al monolito de “2001”, como en otro
sentido, con esta exposición de instantes, donde la profundidad
no es únicamente de la mirada sino también de la imagen.
Esta es la diferencia entre los técnicos -aquellos que sólo
entienden su trabajo como un largo panorama- y los artistas, que
son aquellos que no se conforman con las imágenes planas
y buscan el significado de las cosas en un punto de fuga lejano
donde se esconde el fundamento de la sabiduría. Fàbregas
nos guía con sus imágenes hasta la entrada de todos
los laberintos y allá nos deja, para que cada cual encuentre
la salida.
De todo lo que es visible, Francesc Fàbregas lo sabe todo.
Y todavía más: no tiene nada que ver con todos estos
bobos de la cultura que creen que basta con un ademán altivo
para que su obra cobre importancia. Fàbregas es, a mi modo
de ver, una persona que tiene ganas de jugar y, gracias precisamente
a su ironía, sabe que en él jugar equivale a ganar.
Es decir, que, tras pasar por la obra a veces intangible de Fàbregas,
todos acabamos siendo algo mejores. Si tenemos dos ojos, Fàbregas
es el tercero. El ojo de la profundidad, el ojo de quien sabe parar
el tiempo, los ojos de la perrita Laika contemplando desde una rendija
de su Sputnik la visión realmente lúcida de que la
Tierra era redonda. Fàbregas nos recuerda en esta exposición
que la Tierra es redonda, que la vida se tiene que aprovechar y
que la belleza está a nuestro alcance cuando alguien nos
enseña a buscarla.
Redacción Joan Barril
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