Odio los tumultos. Evito el centro y no me gusta vivir en Santiago.
Soy quizás la peor candidata para asistir a una aglomeración
de gente tal como es el Love Parade. Pero a pesar de encontrarse
aquí juntos todos los factores de mi disgusto, fue más
fuerte la curiosidad, las ganas de vivir cosas nuevas, el gusto
por el baile y por la música, y lo que tuvo la mayor fuerza
de atracción sobre mí: el gusto por sentir esa conmoción
sutil y a la vez potente que se genera cuando hay muchos seres
vibrando en la misma frecuencia. Como pasa en los conciertos y
en los partidos de fútbol, y en cualquier evento masivo
que logra mover a la mayoría.
Después de flanquear el infaltable control policial de
la entrada, y una vez claro que no éramos portadores de
alcohol, entramos por la reja de Plaza Italia. Era realmente como
traspasar la frontera de un mundo aparte, habitado por una masa
transpirada y efervescente, envuelta de una atmósfera onírica
pero muy real; un mundo con sus propias reglas en el cual los
sentidos deben estar activos y en estado de constante alerta.
No es que hubiera mala onda, porque al parecer el lema del festival
aportaba algo de paz al ambiente, y la gente respondía
a él, o quizás la música tenía mensajes
subliminales, la cosa es que se mantenía la calma. Ahora
que lo pienso, no vi ninguna pelea, y el par de codazos que me
llegaron fueron inmediatamente seguidos por las disculpas del
caso.
Pero a poco de entrar yo tenía mis dudas sobre la seguridad
del lugar: me recibieron con un asalto de agua que dejó
mi camiseta –que ya era tela de cebolla- aún más
transparente y pegada, con lo que me puse de inmediato a tono
y capté que era necesario mantenerse atenta. Poco después
otro trató de quitarme la botella de agua que para mí
era un tesoro, así que no la solté, y el frustrado
ladrón se tuvo que ir sin nada en las manos y con una maldición.
Me dije: así las cosas, aquí no se puede pavear.
Había que andar con cautela, y el suelo era un factor más
de riesgo, pues los hoyos que decoran todas las calles chilenas
estaban aquí por cierto, listos para atrapar pies desprevenidos,
y esos malditos rectángulos de cemento amarillo que dividen
la Alameda en dos zonas de circulación, más conocidos
como rompeautos, en este caso hicieron de las suyas como rompepiernas.
Empezamos a avanzar por una de las corrientes humanas que se
formaban. Era curioso este fenómeno, entre islas de personas
apostadas pasaban flujos de cabezas para allá y otras para
acá, y sobresalían en este mar de gente los carros
musicales auspiciados por diferentes marcas: el Bacardi, el Puma,
el Cristal. Todos con su team de chicas en bikini y otros espectáculos
para entretener a las turbas y convencerlas de quedarse y no seguir
vagando en busca de la oferta musical de los otros carros. Mi
grupo y yo nos quedamos frente al Cristal un buen rato.

Mi grupo. Bueno, no era tan así. Yo fui con un amigo y
dos amigas de él, nunca antes vistas. Después, para
mi suerte, se nos unió un cuarto desconocido que se convirtió
en mi protector y en mi pase hacia una entretenida aventura sin
nada que lamentar. El grupo inicial se descuartizó y no
supe más de nadie, sólo quedé yo y este personaje
recién conocido, lo cual no impidió que me aferrara
a él durante todo el día y la noche como si fuera
el mejor de mis amigos. Y juntos recorrimos la fiesta de carro
en carro.
De más está decir que era una vitrina impresionante
de gente. Estaban los ya clásicos punketas de sofisticados
y originales peinados, como el que llamé “Hombre
Sol”, porque su impresionante pelo pintado de naranjo furioso
y organizado en cuidados rayos alargados le otorgaba un gran parecido
con el astro rey. Estaban también los dark, los vampiros,
los pendejos seguidores de Kudai, que son muchos, pero muchos
más de los que creía que eran. Las parejas gay,
y los grupetes varios de identidades diversas, esos que no tienen
nombre o que yo no sé cómo se llaman, así
que los bauticé como pude: las “Chiquititas”,
todas de alrededor de 1.40 metros; sus contrapartes los “Grandotes”
y mi grupo preferido, las “Fucsias”, nombre ganado
porque cada amiga lucía una prenda de ese color, una el
pelo, otra la polera, otra el pantalón, otra la cartera.
Todas estas tribus urbanas desfilaban como hileras de hormigas
sumergidas bajo una atmósfera electrónica envolvente.
El mejor momento fue el atardecer, cuando los colores crepusculares
pintaron de rayas azules y naranjas el cielo sobre la Alameda,
marcando más intensamente el simbolismo que yo estaba captando.
Para mí, que estudié en la Casa Central de la Católica,
este festival y el lugar tenían una carga simbólica
considerable. La imponente fachada gris de la universidad, siempre
representativa de seriedad y estudio, sumergida ahora en lo hondo
de una fiesta que de católica tenía poco, y al verla
desde un ángulo tan imposible como es la mitad de la calle,
pude reparar en algo que no había visto antes, la tajante
leyenda escrita bajo el Cristo: “Religión y Ciencia”.
Es irónico que en cinco años de estudio nunca lo
haya visto, y lo vengo a notar en el más sarcástico
de los momentos.
Justo bajo esas palabras, usando el marco de una ventana como
vitrina personal, un showman gay bailaba provocativo agarrado
de los barrotes, mostrando la pretina de su calzoncillo rojo.
Y nos fuimos poniendo cada vez más exhibicionistas, porque
nunca faltan en este tipo de reuniones esos personajes que esperan
el más mínimo descuido para enseñar sus dotes,
esos que necesitan mostrar, quizás como una forma de liberarse
o soltarse, recordemos que hace tiempo que no viene Tunik.

Y resultó que los techos de los paraderos eran la tarima
perfecta. Rebotaban prontos a colapsar en cualquier momento, víctimas
de bailarines que parecían saltar por sus vidas. Y los
piluchos se peleaban estos escenarios. De a poco se iban sacando
la polera, el pantalón, el calzoncillo. Después
del impulso de los primeros osados se fueron envalentonando otros
y otros, incluidas las mujeres, como una que bailaba en topless
sobre los hombros de un tipo, y se tiraba agua como para aumentar
los puntos de su show.
Después de un rato el público se aburrió
de tanta presa y empezó a bañar de botellas a los
bailarines de techos. Por suerte para ellos eran plásticas,
pero tiradas con tal intensidad, que más rápido
que tarde tuvieron que evacuar, y aquí es cuando hizo su
aparición el “Tarima Man”, un tipo que al parecer
lo que más quería en la vida era bailar en ese escenario,
un tipo cuyos deseos de fama resistían todos los botellazos,
incluso algunos que con muy buena puntería aterrizaban
directamente sobre su cabeza, pero no se rendía. Incluso
hizo un gran cara pálida en honor de todo su querido público,
pero aún con eso y pese a sus esfuerzos, las botellas no
cesaban de llegar, y después de pedir de rodillas que lo
dejaran quedarse, se terminó enojando y empezó a
devolver botellazos con saña. Y los mirones tuvimos que
arrancar.
Durante todo este viaje a través de la masa danzante,
fui protegida por el desconocido conocido. Incluso me subió
en sus hombros, justo en lo mejor de la fiesta, cuando acababa
de oscurecer, y tocaban una versión electrónica
de un tema de los Guns. Bailé y vibré en las alturas,
mis ojos impactados por la enorme colección de gente, y
de verdad que sentí, durante esa canción, la energía
de todos vibrando juntos, la sentí y la viví. Me
consideré premiada con lo que había ido a buscar
y estuve feliz de haber vivido la experiencia que hoy relato de
esta fiesta.
Redacción Francisca Gálvez