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Love Parade 2006

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Love Parade 2006

Odio los tumultos. Evito el centro y no me gusta vivir en Santiago. Soy quizás la peor candidata para asistir a una aglomeración de gente tal como es el Love Parade. Pero a pesar de encontrarse aquí juntos todos los factores de mi disgusto, fue más fuerte la curiosidad, las ganas de vivir cosas nuevas, el gusto por el baile y por la música, y lo que tuvo la mayor fuerza de atracción sobre mí: el gusto por sentir esa conmoción sutil y a la vez potente que se genera cuando hay muchos seres vibrando en la misma frecuencia. Como pasa en los conciertos y en los partidos de fútbol, y en cualquier evento masivo que logra mover a la mayoría.

Después de flanquear el infaltable control policial de la entrada, y una vez claro que no éramos portadores de alcohol, entramos por la reja de Plaza Italia. Era realmente como traspasar la frontera de un mundo aparte, habitado por una masa transpirada y efervescente, envuelta de una atmósfera onírica pero muy real; un mundo con sus propias reglas en el cual los sentidos deben estar activos y en estado de constante alerta. No es que hubiera mala onda, porque al parecer el lema del festival aportaba algo de paz al ambiente, y la gente respondía a él, o quizás la música tenía mensajes subliminales, la cosa es que se mantenía la calma. Ahora que lo pienso, no vi ninguna pelea, y el par de codazos que me llegaron fueron inmediatamente seguidos por las disculpas del caso.

Pero a poco de entrar yo tenía mis dudas sobre la seguridad del lugar: me recibieron con un asalto de agua que dejó mi camiseta –que ya era tela de cebolla- aún más transparente y pegada, con lo que me puse de inmediato a tono y capté que era necesario mantenerse atenta. Poco después otro trató de quitarme la botella de agua que para mí era un tesoro, así que no la solté, y el frustrado ladrón se tuvo que ir sin nada en las manos y con una maldición. Me dije: así las cosas, aquí no se puede pavear. Había que andar con cautela, y el suelo era un factor más de riesgo, pues los hoyos que decoran todas las calles chilenas estaban aquí por cierto, listos para atrapar pies desprevenidos, y esos malditos rectángulos de cemento amarillo que dividen la Alameda en dos zonas de circulación, más conocidos como rompeautos, en este caso hicieron de las suyas como rompepiernas.

Empezamos a avanzar por una de las corrientes humanas que se formaban. Era curioso este fenómeno, entre islas de personas apostadas pasaban flujos de cabezas para allá y otras para acá, y sobresalían en este mar de gente los carros musicales auspiciados por diferentes marcas: el Bacardi, el Puma, el Cristal. Todos con su team de chicas en bikini y otros espectáculos para entretener a las turbas y convencerlas de quedarse y no seguir vagando en busca de la oferta musical de los otros carros. Mi grupo y yo nos quedamos frente al Cristal un buen rato.

Love Parade 2006

Mi grupo. Bueno, no era tan así. Yo fui con un amigo y dos amigas de él, nunca antes vistas. Después, para mi suerte, se nos unió un cuarto desconocido que se convirtió en mi protector y en mi pase hacia una entretenida aventura sin nada que lamentar. El grupo inicial se descuartizó y no supe más de nadie, sólo quedé yo y este personaje recién conocido, lo cual no impidió que me aferrara a él durante todo el día y la noche como si fuera el mejor de mis amigos. Y juntos recorrimos la fiesta de carro en carro.

De más está decir que era una vitrina impresionante de gente. Estaban los ya clásicos punketas de sofisticados y originales peinados, como el que llamé “Hombre Sol”, porque su impresionante pelo pintado de naranjo furioso y organizado en cuidados rayos alargados le otorgaba un gran parecido con el astro rey. Estaban también los dark, los vampiros, los pendejos seguidores de Kudai, que son muchos, pero muchos más de los que creía que eran. Las parejas gay, y los grupetes varios de identidades diversas, esos que no tienen nombre o que yo no sé cómo se llaman, así que los bauticé como pude: las “Chiquititas”, todas de alrededor de 1.40 metros; sus contrapartes los “Grandotes” y mi grupo preferido, las “Fucsias”, nombre ganado porque cada amiga lucía una prenda de ese color, una el pelo, otra la polera, otra el pantalón, otra la cartera. Todas estas tribus urbanas desfilaban como hileras de hormigas sumergidas bajo una atmósfera electrónica envolvente.

El mejor momento fue el atardecer, cuando los colores crepusculares pintaron de rayas azules y naranjas el cielo sobre la Alameda, marcando más intensamente el simbolismo que yo estaba captando. Para mí, que estudié en la Casa Central de la Católica, este festival y el lugar tenían una carga simbólica considerable. La imponente fachada gris de la universidad, siempre representativa de seriedad y estudio, sumergida ahora en lo hondo de una fiesta que de católica tenía poco, y al verla desde un ángulo tan imposible como es la mitad de la calle, pude reparar en algo que no había visto antes, la tajante leyenda escrita bajo el Cristo: “Religión y Ciencia”. Es irónico que en cinco años de estudio nunca lo haya visto, y lo vengo a notar en el más sarcástico de los momentos.

Justo bajo esas palabras, usando el marco de una ventana como vitrina personal, un showman gay bailaba provocativo agarrado de los barrotes, mostrando la pretina de su calzoncillo rojo. Y nos fuimos poniendo cada vez más exhibicionistas, porque nunca faltan en este tipo de reuniones esos personajes que esperan el más mínimo descuido para enseñar sus dotes, esos que necesitan mostrar, quizás como una forma de liberarse o soltarse, recordemos que hace tiempo que no viene Tunik.

Love Parade 2006

Y resultó que los techos de los paraderos eran la tarima perfecta. Rebotaban prontos a colapsar en cualquier momento, víctimas de bailarines que parecían saltar por sus vidas. Y los piluchos se peleaban estos escenarios. De a poco se iban sacando la polera, el pantalón, el calzoncillo. Después del impulso de los primeros osados se fueron envalentonando otros y otros, incluidas las mujeres, como una que bailaba en topless sobre los hombros de un tipo, y se tiraba agua como para aumentar los puntos de su show.

Después de un rato el público se aburrió de tanta presa y empezó a bañar de botellas a los bailarines de techos. Por suerte para ellos eran plásticas, pero tiradas con tal intensidad, que más rápido que tarde tuvieron que evacuar, y aquí es cuando hizo su aparición el “Tarima Man”, un tipo que al parecer lo que más quería en la vida era bailar en ese escenario, un tipo cuyos deseos de fama resistían todos los botellazos, incluso algunos que con muy buena puntería aterrizaban directamente sobre su cabeza, pero no se rendía. Incluso hizo un gran cara pálida en honor de todo su querido público, pero aún con eso y pese a sus esfuerzos, las botellas no cesaban de llegar, y después de pedir de rodillas que lo dejaran quedarse, se terminó enojando y empezó a devolver botellazos con saña. Y los mirones tuvimos que arrancar.

Durante todo este viaje a través de la masa danzante, fui protegida por el desconocido conocido. Incluso me subió en sus hombros, justo en lo mejor de la fiesta, cuando acababa de oscurecer, y tocaban una versión electrónica de un tema de los Guns. Bailé y vibré en las alturas, mis ojos impactados por la enorme colección de gente, y de verdad que sentí, durante esa canción, la energía de todos vibrando juntos, la sentí y la viví. Me consideré premiada con lo que había ido a buscar y estuve feliz de haber vivido la experiencia que hoy relato de esta fiesta.

Redacción Francisca Gálvez

 

 
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